Dicen que todas las cosas importantes de la vida, llegan cuando menos y dónde menos lo esperas. Y así mientras las olas del mar rielan, y las rocas son espectadoras de lujo de una extraordinaria coincidencia, apareciste.
Y allí estaba yo, un mero explorador naufragado en un sitio que ni
sabía que existía.
Y allí estabas tú, una chica nativa de estas tierras, que desconocía el artilugio de madera que acababa de llegar a tu playa.
Pasaron los meses y la relación entre explorador y nativa se hizo fuerte. pero explorador le cambiaba oro a nativa a cambio de espejos. El pequeño explorador no se daba cuenta del daño que estaba haciendo. La indígena tampoco se daba cuenta de lo que sucedía, ella lo veía todo excitante.
Llegó el día de despedirse. El explorador regresaba a su tierra. Quedaron en volver a verse. Me dijiste adiós, un placer coincidir en esta vida.
Pasaron seis meses, y allí se quedó el explorador esperando con una mano en el corazón, y en la otra excusas que ni él entendía.
La indígena se había dado cuenta al mirarse en el espejo que ella tenía necesidades. Y al romper el espejo vio que esas promesas eran bonitas pero frágiles, y al verse sin oro vio que esas promesas eran duras y brillantes, y que valían lo suyo.
El explorador se dio cuenta que había saqueado las tierras de la
indígena, por eso ella no volvió. Ya era demasiado tarde para haber arreglado
todo el daño que había hecho a esas tierras.
Nuestro explorador que no es otro que el que suscribe estas líneas,
ahora en mitad del mar, no sabe nada. No sabe si puede contar con ella para
hablar de dolor, o si existirá alguien que escuche cuando alza la voz.
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